Mi sangre está bajo cero
y de mi corazón cuelgan
millones de estalactitas a las que les queda
una ráfaga de tu olor
para caer irremediablemente,
rasgando mi estómago
y dejando que su enjambre huya
aterrorizado del caos.
Mi alma está helada pero abrasa,
como cuando se te cortan los labios y no hay
ni remedios ni curas.
Se me hunde el frío en el costado
y la niebla invade el espacio entre tú y yo.
Dejan que el aire les toque la piel
y yo no entro en calor
ni con aparente cariño.
Al fin y al cabo,
no sé si estoy hecha
del invierno
o del infierno.